EL SECRETO DE ONDOLAR

 

  Aquellos andoaindarras acostumbrados a caminar, se habrán acercado, en más de una ocasión, por el Leizarán, a las inmediaciones de la central de Ber-txin, sin reparar en que están delante de uno de los pertenecidos más rentables del Ayuntamiento. Pero las cuestiones financieras de este capital fijo no son el motivo de estas líneas.

  Es probable que alguna vez y en ese lugar, contemplando el paisaje, les haya seducido la silueta del imponente risco que se proyecta a la derecha de la Central, por encima de una ajustada masa de pinos que añade empaque al farallón rocoso. Ondolar es su nombre y se halla fuera de los circuitos habituales de los montañeros; en verdad el cuerpo rara vez reclamará conquistar esa cumbre1. Pero para los que se atrevan, la recompensa que les aguarda, no lejos del punto más alto, merecerá la pena, creo. Anotar que es desconocido incluso para pastores y lugareños de cierta edad. Muy escasas deben ser las personas mayores –en Andoain– que conozcan su existencia.

  Ante nuestros ojos asomarán paredes descomunales considerando su ubicación; lo que parecen restos de un edificio enorme en longitud, prácticamente aislado por una vegetación tupida y enramada; otra razón por la que es infrecuente ver montañeros. A los pies, los vestigios de otra edificación, más chica ésta y por medidas similar a una chabola pastoril. El conjunto arquitectónico realmente hechiza. Y, claro, surgen las preguntas: ¿qué fue?, ¿a quién se le ocurrió construir esto?, ¿y a esta altura?, ¿será de la Guerra Civil? Lejos de caminos frecuentados y prácticamente al borde de un despeñadero, aparentemente alejado de todo_ Personalmente lo descubrí el mes de noviembre de 1989, aunque nadie me supo exponer los motivos de esos aparejos. El año 2002 conocí a José Olazábal, un afable octogenario andoaindarra, pero poseedor de una memoria y agilidad mental sobresalientes, quien, con esa naturalidad de quien no le da mayor valor, me reveló el secreto de Ondolar. No he podido contrastar su teoría documentalmente, con todo, estimo que ofrece verosimilitud.

  Como muchos de Uds. conocen, por encima del canal que abastece a la central de Bertxin, discurre otro que, a su vez, alimenta a la que se conoce como Central de Iberduero o Central de Leizarán. A otros lectores les sonará más la expresión popular de «el canal de las 500 escaleras» (para la central de Bertxin) o «de las 1000 escaleras» para la de Iberduero. Pues bien, esta última Central, que se encuentra a escasos metros de la de Bertxin, obtuvo su concesión inicial el 6 de marzo de 1899 (B.O.G. del 17-03-1899). Se constata en los trámites administrativos revisiones posteriores a la concesión inicial, pero al margen de las diligencias, hubo de construirse el canal –entre otras muchas obras– con, aproximadamente, trece kilómetros entre la presa de Ameráun (Berastegi), lugar donde el agua se desvía al canal que la conducirá hasta el depósito regulador2 debajo de Ondolar, punto donde finaliza el canal y el agua se precipita por una tubería de 419 metros hasta la turbina y generador de la Central. Según cuenta José, las obras comenzaron por ambos extremos, algo muy normal, por otra parte. En el transcurso de las mismas, alguien descubrió un «insignificante» error de cálculo_ El depósito de regulación que se estaba erigiendo en Ondolar estaba a una cota (altura) superior a la presa de Ameraun. Expresado con sencillez: no había suficiente desnivel para que el agua llegara desde Ameraun hasta Ondolar. Obviamente hubo que abandonar las obras y reanudarlas_, más abajo. Lo que vemos hoy en Ondolar no son sino los restos de una obra inconclusa. El resto lo puede imaginar el amable lector. La puesta en marcha del canal no evitaría, imaginamos, relatos de chanza, mofas hacia quienes realizaron los cálculos por parte de quienes trabajaron en aquel pseudo armazón o esbozo de lo que pudo ser; pero la vida precipita sobre la retentiva sedimentos nuevos que solapan relatos precedentes y, ya al final, la tierra sagrada reposa sobre cuerpos sin memoria. El tiempo y los acontecimientos vitales de cada uno de nosotros son causa de que se desconozca no ya el motivo de la construcción, sino, como se ha indicado antes, su misma existencia. En resumen, lo que José Olazábal pudo oír es lo que nos queda. José: una fuente inagotable de recuerdos, anécdotas e historias.

 

1 Se puede superar el desnivel en coche tomando la pista de conduce desde Billabona, N-I, (Resa Guipuzcoana) a Belabieta, a la chabola de control del gasoducto.

2 Entiéndase por «depósito de regulación» el «canal», sin más. Las diferencias carecen de importancia.

Iñaki Aguirre